
Todos a la vez. Todos con el auto, los unos con los nuevos, los otros con los viejos de los unos. El infierno puede que esté desorganizado, no lo niego, y reconozcamos que lo ordenado resulta celestial. Pues muy bien. Hay rincones bonitos. Sí, claro, yo no sé, Palermo, San Telmo, esas cosas. ¿Vieron el Delta del Tigre? Que insistencia. Pasta frola de membrillo. A mí lo que me gusta de Buenos Aires es todo lo que odio de ella: ser la número diez en la cola del colectivo a las 6 de la tarde, que me ofrezcan volantes cada dos por tres, salpicarme los pantalones con una baldosa floja, el miedo a ser arrollada en un paso de peatones con el semáforo en verde, esquivar la basura por la noche, una televisión por cable saturada de publicidad, abrir la puerta del portal con llave, el periódico del domingo por las nubes. Y sin embargo, pañuelitos, rosquitas, arrolladitos. ¡Sólo una vuelta más a la calesita, una, no más!
¡Já! No te lo crees ni tú: darás tres sobre la grupa del monstruo. Ahora todo es Palermo. Él vive en Palermo Queens. Y es gracioso, porque tiene su aquel para el turista. Es bonito, sí: ordenado, digerido. Está pensado para quien cree vivir en sueños. No les despierten. Shhhh... todos a lomos del engendro. Bocadillitos de miga. Como anestesiada, dice ella, yo vivo como anestesiada. Que si se detiene a pensarlo, se deprime. ¿Y qué? Obras para todos. Cristina para todos.
Desesperados, ¿viste? Conducen así, se mueven así. Se enojan cosa bárbara, y luego van al parque, ya ves. Si hay que manifestarse, se manifiesta, y si hay que invadir Corrientes y no dejar pasar el tráfico por Callao, se hace y punto. Intentos de vivir tal cual existen los intentos de suicidio: el monstruo se alimenta de lo más dulce.